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La luz que me alumbra las cosas.

Aurora García

 

 

Paloma Peláez lleva ya bastantes años configurando un universo pictórico de notable coherencia dentro de una poética muy personal, alejada de esa sucesión de novedades que el mercado nos ofrece continuamente y que, en numerosos casos, no son otra cosa que guiños del artista ante una veloz actualidad que le arrastra. Ella, sin embargo, explora pacientemente en su ámbito

interior, allí donde realidad y fantasía se funden, al tiempo que lo pone en conexión con una observación seleccionada de lo que tiene a su alrededor. En este sentido, sus cuadros al temple y óleo nos hablan por igual de este tiempo y de otros tiempos, lo mismo que la impronta imaginaria puede emerger como un flash que se integra en el paisaje cotidiano.

 

Los fondos al temple de las obras suelen evocar paisajes terrenales o atmosféricos, diurnos o nocturnos, poblados de seres y cosas que el substrato inventivo de la pintora viste y relaciona de un modo insólito. Surge entonces una disposición simbólica de ejercitar el arte, una disposición arraigada en el ánimo de numerosos e importantes artistas, especialmente en las dos últimas centurias del panorama internacional. En este punto, conviene recordar las palabras de Mircea Eliade en su libro Imágenes y símbolos: "Toda la parte del hombre, esencial e imprescriptible, que se llama ‘imaginación’, nada en pleno simbolismo y continúa viviendo de

mitos y teologías arcaicas".

 

Paloma Peláez es consciente de la condición ambigua por naturaleza de la imagen, y esa lucidez la lleva a sondear sus múltiples significados sabiendo que nunca podrá agotarlos todos, sino, en cualquier caso, dejar el camino abierto a que la mirada del espectador añada o desvíe las propuestas iniciales de la artista, en unas obras no planificadas por completo de antemano

porque el inconsciente y el azar juegan aquí un importante papel.

 

Georges Bataille, en Las lágrimas de Eros decía que “no somos más que fragmentos. ¿Cómo podríamos reflejar el conjunto acabado?” Pues bien el concepto de ‘totalidad’ en los cuadros de

Paloma Peláez se manifiesta normalmente mediante lo fragmentario e incluso a veces opuesto, y no a través de un discurso narrativo que persiga la unidad convencional y resulte descifrable en claves simples. Su lenguaje se halla muchas veces próximo a la ensoñación, dando lugar a representaciones donde la melancolía se alterna con la ironía.

 

Es como si la autora nos invitara a realizar de su mano un viaje por la realidad y por la memoria personal y colectiva, un recorrido de mil leguas que, siguiendo a Lao Tse, "comienza donde están tus pies". Efectivamente, hasta sin movernos físicamente de sitio, podemos transportarnos a esferas celestes dominadas por la luna o las estrellas y vernos de pronto allí, sin preguntar por qué las distancias se han acortado imperceptiblemente. La fuerza de la imaginación hace todo, su flexibilidad y libertad son primordiales. Pero también hay que saber dar forma en una superficie, en una tela o una tabla, a esos espacios poblados que brotan principalmente del interior del artista, sin caer en la anécdota innecesaria o en unas relaciones que se presenten forzadas y de valor artístico dudoso.

 

En este aspecto, Paloma Peláez consigue una extraña unidad valiéndose de fragmentos diversos de la ensoñación, de la memoria, de la realidad y del deseo. Un alto grado de intuición aflora igualmente, como les ocurría a los mejores surrealistas. Y, a pesar de que yo no creo que haya que apadrinar, sin más, la obra de Peláez con el espíritu surrealista, por otro lado, tan diverso, sí recuerdo hablando de ella ahora ese breve diario escrito por Leonora Carrington durante un fugaz viaje a España en 1943, en plena guerra mundial. En bas (Abajo) -que es el título-, cuenta las impresiones de la pintora y escritora de origen inglés cuando se encontraba en el salón del Hotel Roma, de Madrid, sentada a una mesa junto a otras personas posiblemente allí alojadas. Carrington anotó: "No era necesario traducir en términos racionales o en palabras y sonidos los contactos físicos y las sensaciones. Comprendía cada lenguaje en su esfera particular: sonidos,

sensaciones, colores, formas, etcétera. Cada uno de ellos encontraba una correspondencia gemela en mí y me daba una respuesta perfecta". Todo el entramado sinestésico de la pintora

surrealista se afilaba en esa aguda percepción solitaria y amplia, sin que nada le resultara del todo ajeno o muy alejado de su propia experiencia de la vida. Por el contrario cada personaje

partícipe en ese encuentro no programado encontraba, sin saberlo, ecos y correspondencias inmediatos en la frágil persona de la artista inglesa.

 

 

Y es que el arte bien puede escapar al dominio de los planteamientos racionales, los cuales con frecuencia acaban triturando la frescura de una obra que pretenda seguir vibrando a través de los tiempos y más allá de lo dictado por la coyuntura del presente. Los ejemplos de Goya, Van Gogh o De Chirico ilustran con suficiencia cuanto afirmamos.

 

La inmersión en el ámbito onírico resulta prácticamente imprescindible cuando se quiere ver los objetos de una manera diversa a como por costumbre se ven. Desconfiando de que la 

costumbre, de que el hábito de percibir heredado, nos muestre la verdad de las cosas, el arte se toma con toda legitimidad la Ilicencia de sondear en otras y nuevas facetas del universo

habitado por seres animados e inanimados.

 

Esto es algo más que un ejercicio caprichoso. El poeta Jorge Guillén pensaba que las cosas son imprescindibles porque sitúan al hombre. Y Nietzsche venía a decir que sólo cuando alcancemos el conocimiento de las cosas podremos conocernos a nosotros mismos, ya que las cosas son la frontera, la prolongación del ser humano. Hay un bello y breve poema de Guillén, Con los ojos

abiertos, incluido en Homenaje, que expresa lo siguiente: he de soñar con los ojos abiertos/Es en la luz que alumbra las cosas/Donde establecen perfiles de fuerza,/Y a mi intención le

descubren su fábula:/Esa verdad que viene desnudando./ /

 

Pues bien, la ensoñación de Paloma Peláez pertenece a ese género. Con los ojos bien abiertos, da rienda suelta a su laberinto interior para que de él afloren las luces y sombras que darán otros contornos a los personajes y objetos de su pintura, al igual que las noches y los días de sus luces romperán con la visión convencional y fundirán sus atributos. Lo que interesa a la pintora es descubrir fabulando, sin que ello resulte una paradoja a la hora de encontrar verdades en el mundo que explora.

 

En uno de sus excelentes libros, La llama de una vela, Gaston Bachelard se refería a estos aspectos cuando escribía que "todo objeto que se convierte en objeto de ensueño adquiere un carácter singular. Realmente, me gustaría poder reunir, en un museo, objetos oníricos, objetos onirizados por un sueño familiar de objetos familiares. Todo lo que existe en la casa tendría allí su doble no un fantasma de pesadilla, sino una especie de ensoñación que visitara la memoria, que reanimara el recuerdo".

 

Tratar de que los objetos salgan de su anonimato a través de lo que el medio imaginario y la intuición ayudan a descubrir en ellos es una aspiración, por otro lado, de la que el arte suele hacerse partícipe. Las cosas emergen así insufladas de memoria, próximas a la experiencia a pesar que siempre revelen aspectos sorprendentes.

 

Mediante esa luz personal que alumbra la obra de Paloma Peláez las divisiones jerárquicas se desvanecen, y todo concurre sin forzamientos, en las presencias o en las ausencias, en lo natural y en lo ornamental. Porque, ¿dónde están las barreras que separan la realidad y la ficción en la vida y en la representación artística? Lo mismo se podría considerar, contemplando sus pinturas, acerca de los ingredientes figurativos y abstractos que se entrecruzan o se

superponen, y también del dibujo perfilado nítidamente en algunos casos en diálogo no contradictorio con zonas donde la pintura fluye libremente dando lugar a sombras indefinidas o a chorreos sedimentados de leve materia.

 

Un silencio elocuente recorre las obras, así como tampoco es ajeno a las mismas una llamada indirecta, soterrada, a los estratos del deseo. Los campos pictóricos se cubren de raras vibraciones donde se asientan las figuras: muchachas encaramadas en la luna, arlequines y personajes entroncados con las leyendas, faroles en la noche oscura, habitaciones del amado con una impronta oriental y lejana en el tiempo que nos trae a la memoria tanto las moaxajas

árabes como las narraciones de Saadi.

 

Otras veces la artista se torna más hermética en el conjunto de ingredientes que lleva consigo la representación. Una representación, ya lo hemos apuntado, siempre plena de incógnitas, de quiebros a la par deliberados y espontáneos, para huir de una literalidad que no interesa en la medida en que descarta o mutila diversos aspectos que están imbricados en todo cuanto existe, incluida la parte imaginaria y onírica del hombre.

 

Schlegel declaró que artista es quien tiene su centro en sí mismo, y, siguiendo con los creadores románticos alemanes, Friedrich, en un ensayo de 1830, aseveró lo que sigue: “EI pintor no debe pintar meramente lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí. Y si en sí mismo no viera nada, que deje entonces de pintar lo que ve ante sí. Pues, si no, sus cuadros parecerán biombos tras los que uno sólo espera ver enfermos o, quizá, cadáveres". Efectivamente, pretendiendo llevar a cabo únicamente la copia o transcripción literal de lo que un artista observa a su alrededor, la meta alcanzada siempre cojeará en relación al modelo, a la pluralidad de facetas y perspectivas que la realidad exterior ofrece, una realidad en correspondencia con la complejidad del mundo interior individual.

 

El arte debe tener su propio hálito y en esa dirección se mueve Paloma Peláez. Aunque una obra sea hija de su época -que debe serlo-, no hay motivo para renunciar a un legado cultural

transmitido largamente desde distintas geografías. Eso constituye asimismo el bagaje del artista que habita de modo intenso el presente, y que, cuanto más aflore de su espacio interno hablando en términos cualitativos-, de su propia cosecha no forzada ni artificiosamente abonada, mayores resultados conseguirá. Como se ha dicho en tantas ocasiones, el pintor practica la magia del color, un color que es además materia e incluso forma.

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